La HISTORIA que cambió mi VIDA

Visitar una ciudad como Berlín y no encontrar actividades o lugares que visitar puede sonar a utopía, pero a lo largo de los años, uno acaba por conocerse y, si algo puedo decir de mi mismo, es que no soy el modelo de turista que cualquier ciudad esperaría. 

Cuando viajo, no me gusta programar visitas a lugares emblemáticos o actividades turísticas que ocupen mi tiempo libre, me gusta disfrutar de la sensación de no tener horarios y de poder estar abierto a cualquier circunstancia que pueda acontecer. 

Y así me encontraba yo, mis actividades académicas habían terminado, solo a media tarde y sin nada por hacer hasta la mañana siguiente que salía mi próximo autobús. ¿Qué hice? Consulté la programación de las principales salas de conciertos de la ciudad y descubrí que en el Konzerthaus estaba apunto de acontecer uno de sus famosos conciertos con su orquesta residente.

El Teatro está situado en la majestuosa Plaza Gendarmenmarkt, por lo tanto, tuve la suerte de que estuviera cerca del hotel donde me hospedaba y así poder disfrutar de un agradable paseo por el centro de la ciudad previo al concierto. 

Aquella noche, el coliseo berlinés brillaba por sí mismo, una muchedumbre de gente se aglutinaba a su entrada y, ciertamente, daba la impresión de que iba a ser un grandísimo concierto. Al fin, y después de no poco esfuerzo, logré llegar hasta la taquilla de venta de entradas, donde muy amablemente, se me informó de que las mejores localidades se habían acabado desde hace días y de que, las que tenían reservadas para el día de concierto, también se habían agotado al poco tiempo de abrir las taquillas. ¡Toda aquella gente se disponía a recoger sus entradas ya reservadas días antes!

Decepcionado por haberme quedado sin entradas, y por que no decirlo, también aturullado por la cantidad de gente que me rodeaba, decidí dar media vuelta y buscar un lugar bonito donde poder cenar antes de volver al hotel. 

Cuando ya me encontraba casi fuera del Teatro, de entre el gentío vi a un hombrecillo de unos ochenta años que se dirigía hacia mi zona a toda prisa. Bueno, por no faltar a la verdad, debo aclarar que este señor, realmente, se dirigió hacia mí a una velocidad moderada y con el brazo en alto, algo que, obviamente, llamó también la atención de toda la gente que me rodeaba (que no era poca). 

Por aquel entonces mi alemán no era muy fluido pero, afortunadamente, tuve la suerte de que un señor cercano viera mi cara de angustia y, amablemente, me tradujera al inglés las palabras del hombrecillo <<llevo toda la vida viniendo a los conciertos de esta orquesta junto a mi hija; lamentablemente, hoy no ha podido venir y me gustaría preguntarle si le importaría compartir el concierto conmigo>>.

«Cuando me enfrento a cualquier reto artístico, intento ser muy diligente con los horarios de los ensayos en los que debo obtener resultados, pero siempre con la inquietud de que, al trabajar con otros músicos excepcionales, te encuentres un producto que ni te pudieras llegar a plantear»

Todavía sigo preguntándome cómo supo aquel hombre que no tenía intención de entrar al concierto (muy probablemente también reconociera mi cara de angustia al descubrir el programa que me iba a perder). Desde entonces, considero que los alemanes tienen un don especial para distinguir ese tipo de caras.

Y así fue como, por primera vez, escuché el Así habló Zaratustra de Richard Strauss en directo y en la primera fila del Konzerthaus de Berlín. Una experiencia maravillosa que me ayudó a entender mejor la música del compositor alemán ya que, por aquel entonces, me encontraba estudiando su Till Eulenspiegel.

Esta historia me enseñó varias cosas, la primera de ellas fue que programar actividades o eventos, te permite disfrutar casi al 100% de experiencias maravillosas y la segunda fue que, dichas experiencias multiplican su valor añadido cuando te las encuentras por puro azar. Por lo tanto, cuando me enfrento a cualquier reto artístico, intento ser muy diligente con los horarios de los ensayos en los que debo obtener resultados, pero siempre con la inquietud de que, al trabajar con otros músicos excepcionales, te encuentres un producto que ni te pudieras llegar a plantear.

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